



Los cuadros de Edward Hopper, uno de los grandes artistas del Siglo XX, inspiraron a muchos artistas, y a cineastas como Alfred Hitchcock para los diseños de sus películas. Sus escenas de vida cotidiana despiden una absoluta sensación de soledad, un ensimismamiento que nos permite fantasear.
Fue conocido como el pintor de la realidad norteamericana... También conocido como: El Pintor Cinematográfico.
Nacido el 22 de Julio de 1882 en Nyack (New York), unos meses después de Pablo Picasso, como este, Hopper completó su formación artística en el Paris del comienzo del Siglo XX, a donde viajó a lo largo de su vida en tres ocasiones -1906, 1909, y 1910- adquiriendo un toque moderno al estilo cosmopolita francés. La soledad del ser humano puede ser radiante a pesar de todo.
Hijo de una acomodada familia de comerciantes de la Costa Oeste, Hopper nunca tuvo problemas para dedicarse a la pintura y sus padres le animaron desde un principio a que se iniciara estudiando toda la técnica de la ilustración, algo que marcó su obra desde la forma más personal.
Hopper completó sus estudios pictóricos con las enseñanzas de los pintores Robert Henri y William Merritt Chase, que alimentaron su admiración por los maestros europeos; antiguos y modernos.

Por eso, los viajes a Europa se sucedieron... No solo a Francia, sino que le llevaron a Holanda y España, atraido por su admiración por Diego Velazquez. Estuvo en Madrid en 1910, visitando el Museo del Prado y yendo a los toros en Toledo.
De todas formas, aunque Hopper se embebió de la pintura europea sin dejarse arrastrar por la formidable revolución vanguardista que, justo hacia el año 1910, con el cubismo, cambió el rumbo del arte contemporáneo, Hopper maduró hacia un estilo personal. El resto de su estilo lo encontró en su país... en esa América de entreguerras a la que tardó en acostumbrarse... en querer...
En 1921 ya es visible en sus cuadros... Esos cuadros tan fotográficos... esas estancias soleadas... la intimidad femenina... Ante las mujeres que Hopper no se cansó de pintar jamás tenemos, por una parte, la impresión de contar una imagen como una súbita y penetrante visión fugaz, con toda la fuerza erótica que acompaña una revelación semejante; pero tambien a la vez, por otra, la de llevarnos un trozo de su alma cuyo misterio ya nunca nos dejará de intrigar. Por esto se le ha llegado a comparar con Vermeer de Delft, otro pintor del alma humana...

Casado en 1924 con Josephine Verstille Nivison -antigua compañera de estudios y también pintora, una profesión que alternaba con la de actriz teatral- cuando ambos tenían 40 años, Hopper pintó sus dos autorretratos en 1925 y 1930.
De talante lacónico y solitario, nunca fue fácil vivir con él. Les unían las mismas aficiones, no solo el arte plástico, sino la lectura, el teatro y el cine. Juntos huían del mundanal ruido artístico...
Es su etapa de madurez y sus exposiciones se empiezan a cotizar, y le permite dejar el trabajo de ilustrador. Josephine se convierte en su modelo preferido... la única... Y así, envejece con él, en sus cuadros, y en la vida real...
De la fama local llegó la fama internacional, aunque a veces fuese etiquetado de curiosidad típicamente norteamericana y luego oscurecido por el tan fulgurante fulgor de la generación de los expresionistas abstractos.
Así y con todo, cuando Hopper murió el 15 de Mayo de 1967, y estaba a punto de cumplir los 85 años de edad, no solo gozaba de una merecida fama mundial, sino que había logrado perfilar la imagen más convincente y profunda de la vida americana del Siglo XX. Una mezcla de sueños y realismo como indagación de la soledad del hombre contemporaneo...
Hopper fue preguntado por todo esto en el momento final de su vida, y constestaba que quizás él no fuera muy humano y que lo único que había pretendido era pintar el efecto del sol sobre el costado de las casas... El mismo sol que brilla en nuestro interior... solo hay que distinguir la realidad del deseo.

© Ecos de Sociedad 2007 | Apdo. 10.753 - 38004 S/C. Tenerife